Ira tridimensional

 

Escapando sobre cada cosa, saturando la forma.

Se rasga el espacio sobre nuestro rostro.

 

Se fuga el instante que se produce de improviso.

Esa ira tridimensional sobre los espacios.

 

Que no soporta nuestro cuerpo y quiere volar.

Que agudiza los colores.

 

Las palabras olvidan, las emociones recuerdan.

Se inicia lo imposible sobre lo habitual.

 

Forzando la torpeza cautiva de lo acostumbrado.

Despierta la ira, como un dragón de tres cabezas.

 

Anuncios

Desordenar el tiempo

 

Quisiera desordenar el tiempo.

Esconderle el reloj a la tierra.

Antes que ella nos atrape.

Y se lleve nuestras huellas.

Quedando en el limbo.

Dejando todo en pausa.

Para que otros reinicien.

Enciendan la alarma del ahora.

Que es muy poco.

Para tanta felicidad prisionera.

Que se disuelve como el recuerdo.

No hay ciudad . Relato. Ramz

Afuera de estas calles, más allá del ruido y los edificios, no existe ciudad. Solo el desierto donde todo parece interminable al caminar. La sed que siento, las sandalias llenas de arena, mis pies sucios. Mis piernas cansadas se doblan en la arena ligera.

Subí a una colina para ver mi ubicación y lo que había más allá y me di cuenta que no había ciudad. Solo un horizonte baldío. Me sentía perdido. Sin batería en el celular. Sin saber adónde continuar. Podía seguir caminando hasta rendirme en mi cansancio.

Disimulando bienestar tanto tiempo en la ciudad en una soledad muy parecida a la que podía ver hasta donde se perdían las dunas. Quería escapar del ruido mundano, de los autos, la congestión en las calles, las apariencias y vivir una tarde natural.

A kilómetros de toda la civilización, solo caminar y continuar. Dejándome llevar por la intuición y por el abrazador sol. Solo tenía una mochila donde guardaba algunas barras de cereal y agua mineral en una cantimplora de excursión y un mapa de papel todo arrugado. Sé que podía verse estúpido salir así sin previo aviso, quizás para algunos era un acto irresponsable. Si algo me ocurriese nadie acudiría en mi ayuda, pero la verdad es que no me importaba. Me sentía libre y sabia en mi interior que si no realizaba este viaje, me iba a volver loco. Además contemplaba regresar a los dos días siguiente, sabiendo que según el mapa si caminaba en dirección norte iba a llegar a un camino por donde pasaba un bus que me acercaría nuevamente a la ciudad.

La arena estaba muy caliente, sentía en mi rostro el ardor. Hasta que llegue a una planicie donde quede impresionado. Unas piedras separadas unas de otras a una distancia similar estaban extrañamente como colocadas encima de la arena. Enseguida lo interprete como demonios que hablaban en mi cabeza. Me sentía derrotado buscando redención y decidí patearlas para alejarlas de mí. Comencé a correr, sin que me importase la ración de agua y mi cansancio. Hasta que me rendí al agotamiento y caí fatigado. Tarareando una canción me quedaba mirando el cielo azul. La brisa tibia se llevaba todo lo que podía decir. Solo aquellas piedras aún me podían oír. Susurraba mis rabias y al rato gritaba mis momentos de felicidad.

Podría ser que ya estaba delirando. Aunque había salido con abastecimiento para dos días sabía que de aquí no saldría por lo menos en tres. Me había perdido. Lamentaba en ese momento no tener mi equipo de GPS que justamente se lo había prestado a un amigo. Debía racionar lo que tenía para mantenerme en buena forma dentro de lo posible. Me comería una barra al mediodía y bebería solo unos tres sorbos de agua hasta el anochecer.

La noche estaba tibia y muy estrellada, el silencio era poesía por descifrar en mi cabeza. Tanta inmensidad se podía ver en la profundidad del cielo. Tan pequeño me sentía, tan frágil, un pequeño instante hecho de carne experimentado tanta belleza. Sin duda alguna el desierto habitaba en mí en ese momento. Sintiendo la inmensidad al dejarme ir junto a las estrellas y una soledad inmensa al saber que soy el único en este lugar experimentando este silencio. Pensaba en que podía dejarme estar y quedarme ahí tirado sin hacer nada, mientras el miedo a la oscuridad me invadía. Solo las estrellas y una pequeña linterna eran mi luz en esas horas en pleno desierto. Hasta que me quede dormido.

Los edificios se caían frente a mí, la gente corría por sus vidas yo corría junto a ellas, me encerré en una cafetería, donde parecía que a nadie le importaba lo que estaba ocurriendo afuera. Nada podía cambiar el ambiente que había en ese lugar pidiéndole algo fuerte para beber. Mientras una mujer se peinaba frente a un espejo y se giró enfurecida diciéndome que no le fuese a tocar esas dos bolsas de compras que estaban sobre la mesa. Había desconfiado de mí por alguna razón que yo no lograba comprender. De pronto todas las paredes a mí alrededor se desmoronaron sin entender que pasaba. Desperté de golpe y aún estaba en la arena, podían ver como las estrellas  brillaban en la oscuridad.

Me quede traspuesto mirando el amanecer, cuando siento un fuerte picor en la pierna que rápidamente se convierte en dolor. Era un escorpión que me había inyectado su ponzoña. De un golpe lo aplaste con una de mis sandalias.

Me levante rápidamente para continuar caminando entre gritos de dolor debía encontrar a alguien que me sacase de ahí, iba cogiendo por la arena. Cuando me encuentro con restos de una fogata en los cuales había restos humanos, que habían sido quemados. Aún estaban calientes las cenizas, por lo que vi, había sido hacia poco. Muy asustado y lleno de dolo, salí rápidamente de ahí mirando en todas direcciones. Sin saber a dónde ir rogaba por encontrar el camino que me llevaría de regreso a casa.

El sol ya estaba alumbrando con fuerza, imponente en el medio del cielo. Mientras extrañaba la ciudad, las nubes, la lluvia. En eso siento a lo lejos unos disparos e intuyo que son los tipos de la fogata que me habían visto gracias a mi presencia poco discreta. Me tire al suelo para tratar de perderme en la arena. Cuando siento que vienen hacia a mí. A pesar de todos mis esfuerzos por esconderme, me dieron alcance. Eran dos hombres, que sin decir nada se preparaban para apretar el gatillo del rifle que tenía cada uno. Sin alcanzar a decir nada. Sentí el estruendo de la pólvora. Un dolor indescriptible en mi pecho, que no me dejaba reaccionar. Completamente inmóvil estaba en la arena. Ya el dolor del veneno del escorpión era muy lejano, la sed se apagaba en mi garganta igual que mi aliento.

En eso desperté nuevamente, aún era de noche y podía ver las estrellas. Todo había sido una pesadilla sobre otra pesadilla, sin lograr salir de mi estado onírico. Seguía ahí en la arena. Sin comprender porque había soñado esa situaciones tan vivida. Recordé esos edificios cayendo, sin entender su significado. De alguna forma el que caía realmente era yo, por mis propios fracasos y errores. Tal vez, el cansancio al consumismo, la necesidad impuesta por la sociedad de tener que gastar, la publicidad envolvente, me hacían soñar todo eso.

Recordaba la necesidad imperativa de beber un café y fumar un cigarro, eran de todos los días a medio día en la ciudad. Un relax artificial, pero satisfactorio. Me sentía al descampado sin poder beber un café. Después de todo era un adicto a la cafeína.

Extrañaba la presencia de Sofía, mi ex. Aún no podía olvidarla quizás esa fue una de las razones de por qué estaba aquí sobre la arena, sin saber qué hacer ni a adónde ir.

Lo que siento es que realmente no hay ciudad sin ella y por eso es que necesitaba buscar otro concepto de ella, tal vez, un refugio para mi alma herida que no podía dejar de pensar. Las dunas eran como curvas de mujer donde me deslizaba con mí caminar pausado.

No sabía qué hora era, ni cómo es que había llegado aquí al desierto, solo tenía claro que debía continuar. Había caminado cuatro horas seguidas, ya no me quedaba mucha agua ni barras de cereal. A pesar de mi disciplina con la comida había bebido y comido más de la cuenta.

Por más que cruce dunas y planicies, no lograba dar con el camino que me podría salvar. Estaba seguro que ahí alguien me podría ver y me llevaría de regreso a la ciudad. Unos cuervos volaban a una altura significativa se veían a lo lejos. Por más que avanzaba siempre estaban ahí volando en círculos arriba de mí. Al atardecer una tormenta de arena pareció alejarlos de mi vista. La arena me arañaba los ojos y casi no podía ver nada. Rasgue mi camina para cubrirme la boca y la nariz para poder respirar mejor. Muy angustiado me bebí la última gota de agua que me quedaba ya ni siquiera sentía hambre, solo sed y de tanto luchar me volví aquedar dormido. Una mescla de insolación, sed y fatiga. Me dejaron tirado ahí. Desperté sin fuerzas a las dos horas y ya era de noche nuevamente, la tormenta ya había pasado y se podía ver la noche estrellada nuevamente. Deseaba que todo fuese un sueño. Ojala al despertar volviese a ser niño y todo lo vivido hasta ahora se me olvidase, trataría de alguna forma hacer las cosas distintas. Estaría con las personas que quiero mucho más tiempo. Así no hubiese dolido tanto cada funeral de un ser amado. Pero por más que cerraba mis ojos siempre volvía a despertar en este desierto que al principio pareció una buena idea.

Me sentía desorientado, ya no distinguía entre ficción y realidad. Solo veía imágenes discordantes en mis sueños y dunas al abrir por instantes mis ojos. Sentía voces y gritos en el silencio de lo invisible, sin saber de contextos. Mi cabeza divagaba entre quien era y que estaba haciendo ahí. Hasta que me estaba quedando profundamente dormido. Siento un dolor muy fuerte en el brazo. Era un cuervo que me había hecho una herida en el brazo. Lo trate de ahuyentar como pude, y seguí caminado. Seguí sin parar y los cuervos volvían a estar revoloteando cerca de mí. Debe haber sido por el mal olor que expelía a esa altura y por mi herida ensangrentada.

Creí ver el camino desde la altura de una duna, baje corriendo lleno de felicidad y cuando llegue al valle me di cuenta que era solo un espejismo. Las pocas esperanzas que me quedaban se terminaron de derrumbar. Así es que seguí caminando bajo el sol desafiante, lleno de dolor, moribundo, medio desnudo. A esa altura había dejado todo atrás, sin importarme nada. Hasta agotar las ultimas fuerzas queme quedasen. Hasta que delante mío había una duna muy alta. La cual era incapaz de pasar porque ya no me quedaban fuerzas. Así es que me entregue a mi depresión en ese lugar y llore amargamente por todo lo que había pasado. Extrañaba mi hogar, a mi padre, a mi madre, mi ex mujer. Los buenos pero pocos momentos que estuvimos juntos. Sé que nadie me extrañaría. Sentía miedo de lo que podía venir, había desaprovechado mi vida.

En ese lugar perdí la vida y los cuervos comieron todo mi cuerpo. Con los años pude ver como el esqueleto yacía ahí sin que nadie lo advirtiese, huesos intactos con nada de piel, casi cubiertos de arena producto de las inclemencias del tiempo. Nunca intuí que al otro lado de esa duna tan alta estaba mi salvación, donde pasaba cada media hora un autobús que iba en dirección a la ciudad. Solo ahora que estaba muerto podía ver las portabilidades que había tenido con claridad.

Me encontraba por arriba de las dunas, arriba de los cuervos, que siempre andaban por esos lugares. Sentía como flotaba. Hasta que me deje llevar por la brisa de viento que tenía mucha fuerza en las alturas. Sin poder controlar adonde me llevaría. Cruce todo el desierto hasta llegar como fantasma sobre la ciudad. Ahí caí como alma en pena. Deambulando por todas esas calles que antes caminaba. Hasta que sin darme cuenta llegue frente a la casa de mi ex mujer. En un pestañeo de mi corazón estaba en su habitación mirándola como se desvestía y se peinaba desnuda frete al espejo. Estaba hermosa deseaba tanto poder abrazarla y pedirle perdón. Sin duda, si hubiese tenido cuerpo ahora estaría llorando y mis lágrimas tendrían su consuelo.

De pronto me empecé involuntariamente a alejar de aquella habitación y entre tanta oscuridad, sentí que alguien que no pude distinguir me afirmaba mis brazos de espíritu y me lanzaba con fuerzas hacia una luz en la profundidad. Sin darme cuenta desperté en una cama.

Era de nuevo un recién nacido y mis padres estaban ahí conmigo arropándome. Eran ellos nuevamente, no lo podía creer. Me sentí muy feliz con esta nueva oportunidad. Trataba de expresarme pero solo se escuchaban risas de bebe. En eso oí en el rincón de esa habitación que un ser alado me decía: Olvidaras todo, para empezar de nuevo, y así lo hice.

Cuantos somos

 

Estamos experimentado el retrogusto al respirar.

Sobre todo lo habituales de un ahora parecida.

 

Cuantos somos los que logran experimentar.

Lo que conocemos como habitual.

 

Sabores de otras épocas que se desprenden.

Sobre contextos que nos abrigan.

 

Envolviendo estrellas muertas que aún brillan.

Una ilusión de lo que queda por observar.

 

Reside en nosotros el sentimiento, casi similar.

Una calle despierta que se despliega en nosotros.

Sentimiento plástico

 

Sentir prefabricado. Comercial.

Descrito con lujo de detalles.

En vitrina cautiva a cualquiera.

Listo para llevar.

Inseguridad versus la certeza.

Espontanea sensación de alivio.

Consumiendo.

Este sentimiento plástico.

Mirándonos a los ojos.

Nos descubrimos desechables.

Reaccionando a las alternativas.

Nos perdimos nuevamente.

Abstracto ser

 

Reluce lo abstracto en cada espacio.

De la ciudad que desaparece.

Bajo su propia sombra.

Iconografía que no hace ruido.

En mi camino invisible.

Las miradas son abstractas.

En una calle incierta.

Su abreviada realidad es mi caminar.

Entre conceptos y movimientos.

Esa interacción habitual.

Todo vuelve a suceder, es multitud.

Llena de luz, llena los ángulos.

 

 

by ramz

Piano esclavizado

 

Suena precisa esa tecla del piano.

Sobre la gota de agua que roza.

El sonido y la emoción.

 

Sublime instante en el universo.

Piano esclavizado en su dolor.

De un furtivo autor que toca.

 

Por instantes la configuración.

Que espera en su silencio.

Para ser reproducida.

 

En el vacío en el cual estamos.

Suspendidos en la respiración.

En una nota y su interpretación.

 

 

por Reinaldo